Un desastre histórico

Hoy es el día de la Nakba o “Al-Nakba” (el desastre) es el día que se conmemora el exilio del pueblo palestino tras la guerra del 48.

Es también el día de la conmemoración de la creación del estado de Israel, por esto de que la celebración de algo siempre conlleva el lloro por otra cosa que se pierde, los palestinos, vivan en territorio ocupado o todavía en Israel, celebran incansablemente este día año tras año.

Si desgajáramos hoy las idas y venidas sobre el milenario conflicto que azota a judíos y árabes escribiríamos hojas y hojas de palabras, hechos, fechas y sin sentido; pero no es la idea de este pequeño escrito más que la de expresar una vivencia más personal y política que histórica o fáctica.

La historia del pueblo palestino si bien es cierto, es una historia de derrotas, de sufrimiento y de dolor, si bien es esta la mayor paradoja que les acerca a los que se convierten en sus opresores, vecinos y en ocasiones amigos. Decía muy acertadamente un señor al que conocí allí que “los palestinos son los judíos del mundo árabe” y creo que no hay mejor forma de describirles.

Una de las cosas que recordaré de cuando viví en Israel es como “Israel Beitenu”, un partido que podríamos traducir al castellano como  “Israel nuestra patria”, presentó e instó a que se aprobara una ley que convertía en delito la celebración de este día por parte de los árabes y como lucharon para que esta no saliera a la luz. Hay mucha crueldad en aquella tierra, pero quizá la peor a la que me enfrente fue a la de ver impotente la crueldad de reescribir la historia de los vencedores, sobre los vencidos.

Recuerdo que me contaron que los exiliados guardaban las llaves de las casas que los judíos les habían destruido, quemado o expropiado y se las legaban a sus hijos con la esperanza de que algún día pudieran regresar a ellas, a donde fue su hogar una vez, a donde sus antepasados plantaron olivos milenarios y vivieron durante generaciones, al lugar por el que ya ni siquiera les dejan llorar. Colgada en una pared de mi oficina, en Nazareth,  estaba la llave de una de esas casas, medio consumida por la herrumbre y quebrada, como la esperanza de la mayor parte de los árabes-israelíes y de los palestinos que viven en la diáspora.

Hoy lloramos con ellos y celebramos su tragedia deseando que algún día pueda convertirse en dicha; con la suerte de que nadie puede multarnos, vejarnos o incluso encarcelarnos por ello; mayor suerte que tiene ellos mismos, condenados a seguir guardando la llave de su historia en un cajón y el dolor de su perdida en el corazón.

Tamara Martínez Lidón

Sec. Org Iniciativa Poble Valencià – Comarques del Sud

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